Seguro que en algún momento del siglo XX te sentiste un poco raro. Si eras el típico repelente te gustaba referirte a ti mismo como rara avis, sin tener muy claro si tenías que decir «un rara avis» o «una rara avis».

¿Tus acciones a veces demuestran que no formas parte del común de los mortales o, por el contrario, te mimetizas a la perfección con las cualidades humanas más cotidianas?

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