Amar es tocar el infinito y, al mismo tiempo, descubrir que los brazos jamás lo alcanzan, por más que se extiendan. Esa es la gran paradoja del amor: se experimenta como eterno, pero termina. Termina, pero jamás muere. Al amar descubrimos una nueva lógica, en la que el todo y la nada coquetean constantemente entre sí.

El verbo “durar” puede resultar impreciso para hablar sobre el amor. Es una palabra que se ajusta mejor a los objetos antes que a los sentimientos. Esto, porque amar es una realidad dinámica, que cambia, se modifica, muta y hace metamorfosis con el tiempo. Pero si vive todos esos procesos es, precisamente, porque persiste, porque no se muere, sino que cambia.

Si hablamos de amar a los hijos, los padres, los hermanos, los amigos o los sueños, el grado de estabilidad suele ser mayor. Otra cosa es cuando se habla de amar a una pareja. En particular, si se hace desde la perspectiva del ideal de amor romántico, que es estático e inmutable por siempre.

El amor romántico sí que suele acabar relativamente rápido. Es del que se dice: “el amor eterno dura tres meses”. Es la fase más intensa, pero también la más pasajera del amor.

Amar es un instante infinito


Hablemos primero de amar a la pareja porque suele ser uno de los afectos más problemáticos para casi todo el mundo. Somos herederos de una idea romántica del amor, que se construyó entre los siglos XVIII y XIX y que sigue gravitando dentro de la cultura.

Esa perspectiva, a su vez, es hija del idealismo que tanto ha influido en Occidente. Es la que nos habla de “medias naranjas” y de amores que viven felices para siempre.

Y es que en verdad hay un momento del enamoramiento en el que cualquiera podría jurar que será un sentimiento eterno. No logramos imaginarnos cómo podría cambiar esa forma de amar a nuestra pareja. En ese estado de cuasi locura, perdemos, sin proponérnoslo, el sentido de las proporciones. Por eso lo prometemos y lo juramos: será para siempre.

Expectativas y desilusiones


Esa clase de amor genera expectativas bastante elevadas. Aunque las promesas y los juramentos no lo dicen específicamente, pareciera como si lo que se ofreciera y lo que se esperara fuera mantener un estado de plenitud y de fuerte presencia del amor romántico entre los dos.

De esas expectativas sobredimensionadas es de donde provienen las primeras desilusiones, porque amar es un sentimiento que no anula nuestras miserias, mezquindades y limitaciones. Más temprano que tarde afloran todas esas realidades que destruyen el ideal romántico que antes nos habíamos forjado.

En últimas, el enamoramiento llega a ser un obstáculo para amar. Es cierto que se siente delicioso, pero también puede elevar tanto el tono de nuestras emociones, que nos impida ver con claridad las grandezas y las restricciones de lo que sentimos. Si se supera ese escollo sin traumatismos, comienza el verdadero camino para amar.

El amor es como un árbol: eterno


La metáfora del árbol es muy afortunada. Es suficiente con ver la forma en la que nace y crece a partir de una pequeña semilla para darnos cuenta de que el destino de todo aquello que tiene vida es el de expandirse y alcanzar el cielo.

El árbol maduro tiene sus flores, tiene sus frutos y da nuevas semillas para que todo lo que es pueda sembrarse en otra parte y comenzar un nuevo crecimiento, una nueva historia.

Así también es el amor. Una vez que germina, ya nada lo acaba. Seguirá creciendo y dando frutos, para volver a iniciar el ciclo por siempre. A medida que se va expandiendo logras saber si ese amor es como un roble, un cerezo o alguna especie diferente.

Al amar verdaderamente, lo hacemos para siempre. Aman los padres a sus hijos y los hijos a los padres, aunque no estén juntos, aunque hayan muerto. Se ama a los amigos en sus tiempos luminosos y en los ratos oscuros. Se ama a los hermanos y a la familia, pese a cualquier vicisitud. Se ama incluso cuando se odia. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia.

Al amar a la pareja también se escribe una historia sin final. Con todo y las rupturas, los divorcios o los abandonos, quien ha estado en nuestro corazón genuinamente, tendrá un lugar allí siempre. Cada uno de esos amores escribe al menos una línea en una historia que es irreversible: la que lleva hacia los caminos más profundos de lo que somos y lo que hemos dejado de ser.

Vía: La mente es maravillosa